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El viejo dejó el paquete en la portería una semana después de que me marché Envuelto en papel kraft, atado con una cabuya rubia y de su puño y letra una nota. Lo encontré al regreso, por los primeros días de enero. Lo abrí, paso a paso, tratando de no rasgar el papel. Contenía dos libros usados y glosado con distintos colores. Y entre ellos, la nota en un sobre. Lo abrí y leí: "Querido amigo: siempre me he jactado más de los libros que leí que de los que intenté escribir. Nunca fui tan bueno como para persuadir a un editor. Pero lo mío no era la escritura. Si le dediqué tantos años, no fue con pretensiones profesionales, lo hice porque fue la única manera que encontré de sobrevivir. Si hubiera podido hacerlo introduciendo barcos de madera en botellas verdes de vino, lo habría hecho. Quiero dejarle a manera de regalo navideño dos libros, de los que solamente espero que al terminar pueda decir con toda honradez: me gustaron. Una feliz navidad para usted". Así que me quedé una semana encerrado, leyendo el regalo que el viejo me había dejado en su última navidad. Los dos libros eran: Vidas minúsculas de Pierre Michon y Ola de crímenes de James Ellroy. Unos venenos tóxicos. De esos libros que hay que leer con mascarilla. Y de ser posible con gafas de motociclista. Art Cooper - editor jefe de GQ - dice de Ellroy: "Quienes no lo conocen bien lo encuentran amedrentador. Quienes lo conocen a fondo, también. Es tan intrépido como un doberman". Michon, en sus Vidas minúsculas abre dos expedientes. De un lado el del biógrafo biografiado. Y por el otro, el de la pregunta que ronda toda su escritura: ¿por qué causas y de qué manera un hombre se convierte en escritor?" Cuando terminé de envenenarme con los libros, en jornadas extensas, salpicadas con jarabe de café y tabaco negro, sentí una mezcla extraña de lucidez y embotamiento. Estaba tan estúpido como lúcido, tan lúcido como narcotizado. Las largas jornadas de insomnio que me produjo la lectura, me habían dejado extenuado, en una boba y al mismo tiempo seria estupefacción. Me sentía reconfortado de haber podido comprometerme del todo con los regalos del viejo, a la manera como la hacía entre los veinte y los treinta. Cuando leía con fiebre, sin detenerme, con una obsesión que terminaba girando sobre sí misma, porque no hay cuerpo ni tiempo que la resista. En el estado de gracia en el que nos deja todo texto con el que seamos capaces de sostener un cuerpo a cuerpo, limpio, frontal, olímpico, recibí la noticia. Alguien llamó para contarme. Después de que dejó el libro en mi edificio, el viejo fue a donde alguien más, para entregar otro regalo y despedirse. Ese mismo día, uno de sus amigos que estaba en la casa, lo condujo en su auto hasta el terminal de transportes, en donde se embarcó rumbo a las montañas. Alguien, a su vez, le había prestado una sencilla cabaña en los bosques, en donde pretendía refugiarse dos semanas. A esperar – como decía – que lo paganos terminaran de arrojar su pólvora. Lo encontraron muerto, sentado en un taburete junto a la puerta de la cabaña, recostado tranquilamente, sin ningún gesto particular. Se murió a la media noche del 24 de diciembre. Nadie sabe por qué. Entonces volví a leer la nota y admití que se le había acabado la escritura. |